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Hace apenas veinte años de los primeros injertos plenamente funcionales de miembros humanos procedentes de “granjas biónicas”. Como era previsible, fue el mundo del deporte el que quebró las barreras morales y aprovechó las posibilidades abiertas. Hoy es el musical. Hariro Sei, soprano, doce cuerdas vocales. Durban Masik, pianista, tres brazos (el tercero con siete dedos). Y, por supuesto, el fenómeno mediático Leandro Zimmerman. Su batalla en los quirófanos es equiparable a la legal en el tribunal bioético. Esta noche actúa, sólo, en el Madison Square Garden, en el concierto con las butacas más caras jamás organizado. El fiscal jefe de New York consiguió in extremis frenar, por lesivas para la infancia, la difusión publicitaria de imágenes de cuello hacia abajo del artista.

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John G. Juárez (piano), Pierce Sallinger (clarinete) y Daniel Claridge (contrabajo) protagonizaron el 18 de mayo de 1956 la que probablemente sea la velada jazzística más extraordinaria de la que existen registros. Durante las once horas de improvisación no se levantaron de sus taburetes. El afortunado público asistió atónito a la sublime comunión de los tres músicos que, conscientes de haber alcanzado un estado superior, se sintieron obligados a continuar. Durante la sesión Sallinger sufrió un tirón, sorprendentemente en su gemelo izquierdo, y dos orgasmos. El concierto solo terminó cuando Juárez se desplomo, inerte, sobre el teclado. Claridge nunca volvió a tocar.

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